LUCIA DUQUE

Huellas: Halina

Toda idea tiene consecuencias.

Y nuestra cultura está llena de ideas que hemos adquirido a lo largo de generaciones, algunas han nacido de lo más profundo de nuestra familia, herencia de padres a hijos, otras, por ideologías políticas y religiosas implantadas desde el poder, etc.

Lo que no podemos negar es que nuestra sociedad está guiada por esas ideas, y nos guste o no, eso afecta nuestra manera de ver o interpretar la vida y el mundo que nos rodea.

Y todo esto unido a mi papel como artista hace replantearme muchas cosas.

Tristemente durante toda mi vida he escuchado a gente diciendo cosas absurdas acerca de los artistas, que no merece la pena ni mencionar. Si eres artista, sabes de lo que hablo cuando aparecen esas preguntitas de gente a tu alrededor queriendo ayudarte para que cambies de profesión:

Pero... ¿tendrás que hacer algo más por la vida que no sea solamente pintar? Pero... ¿no te vas a pasar todo el día pintando, verdad? Pero… ¿No sabes que pintar no da dinero?

Y si no eres artista, estoy segura que NUNCA has pensado eso de los artistas, ¿verdad?

Hoy te voy a escribir sobre la vida de una artista en la que el arte la salvó de la muerte y dejó una huella en su cultura. Para que veas que los artistas somos importantes, necesarios y que nuestro trabajo sí que importa.

Ella era una chica que desde pequeña demostró tener talento artístico y lo primero que recordaba de su infancia era verse pintando.

Cuando cumplió los 18 años comenzó su peor pesadilla. Solo tenía que cruzar la puerta y salir a la calle para recibir discriminaciones y abusos por parte de sus vecinos. Un día unos hombres con uniformes la obligaron a ir a un lugar sucio, amurallado, sin recursos y ausentes de alimentos llamado “gueto”.

Por supuesto, allí no había pinturas ni colores, pero siempre podía encontrar un lápiz y un trozo de papel en algún lado. Mi trabajo principal consistía en observar, yo siempre fui buena observando […] Mi necesidad de observar lo que ocurría, era más fuerte que mi cuerpo. Era una necesidad, una necesidad imperiosa. Era lo más importante. Nunca me pregunté racionalmente qué estaba haciendo, pero tenía esta increíble necesidad de dibujar, de escribir lo que estaba pasando. Estaba en iguales condiciones que la gente que me rodeaba, los veía cercanos a la muerte, pero nunca pensé que yo estaba por morir. Yo estaba en el aire. Estaba fuera de mi existencia. Mi trabajo sencillamente consistía en escribir, en describir con mis dibujos lo que estaba sucediendo.

Un tiempo después de escribir esto, la obligaron a ir a un nuevo lugar.

¿Sabes a donde?

Al campo de concentración de Majdanek. A su madre la asesinaron y a ella, bueno… A ella no creo que puedas ni siquiera hacerte una idea del horror que le tocó vivir allí.

Agotada, exhausta, solo pensando en cuándo le llegaría la muerte, un oficial apareció en su módulo y le preguntó: ¿alguien sabe pintar? Ella levantó la mano.

Así que, empezó a trabajar haciendo murales, decorar paredes con pinturas coloridas, a recibir encargos y se ganó el elogio de todos sus verdugos.

De los materiales artísticos que recibía (que eran exclusivamente para pintar encargos), comenzó a pintar en secreto todo lo que observaba y a buscar escondites donde guardarlos.

Después la enviaron al campo de concentración de Auschwitz donde siguió pintando.

Sus compañeras le rogaban que por favor retratara a sus niñas, para que no cayeran en el olvido, ya que, los nazis justificaban el asesinato de niños por ser un grupo “indeseable” o “peligroso” como parte de la “lucha racial”. Era una medida de seguridad preventiva.
En ese periodo de la historia asesinaron a más de 1,5 millones de niños.

Pintar a estos niños era mucho más profundo que el hecho de pintar la cara de alguien.

Se me llenan los ojos de lágrimas solo pensar, cómo ella, con su talento, podía traer consuelo en medio del dolor y el quebranto. Esas madres tenían la esperanza, de que si llegaban a sobrevivir, podrían revivir el rostro de algunos de esos niños cuando las liberaran.

Me encantaría que igual que recordamos los nombres de Picasso, Klimt, Van Gogh o Velázquez, también nos acordemos de ella.

Esta preciosa y valiente artista se llamaba Halina Olomucky.

Y como ella había muchos más artistas, como Zofia Stepien-Bator, quien pintaba a las presas tal y como se imaginaba que eran antes de entrar en el campo de Auschwitz.

Estas pintoras sabían que si las pillaban, era su sentencia de muerte. Pero aún así, arriesgaron su vida para gritar injusticias a través de sus dibujos y escritos.

Cuando Halina fue liberada, estuvo dos años pintando sus recuerdos, consciente que esas obras tendrían un valor testimonial muy importante.

Creo firmemente que los artistas tenemos un gran legado de dejar nuestra huella en la cultura pero también es una gran responsabilidad.

Mi desafío para hoy es que, tanto si eres artista o no, tengas un momento para pensar, recapacitar y hacernos preguntas acerca de esas creencias o ideas preconcebidas que se han adherido a nosotros como consecuencia de nuestra herencia cultural, que hay cosas que debemos cortar de raíz y otras que hacer florecer.

Seamos conscientes que para bien o para mal estamos dejando una huella en este mundo. Ojalá que en esa huella haya belleza, verdad y bondad.

¿Qué huella quieres dejar tu?

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